Wednesday

Parting gift


I

"El monstruo, es decir, yo"

Allí yace el cadáver de lo que pudimos haber sido pero nunca nos atrevimos: 
demasiado arriesgado, demasiado doloroso... Demasiado grande para nuestros minúsculos cuerpos, restos ya de lo que quisimos haber sido para otros. Allí, convertidos en sueño mueren cada noche el abrazo, un beso, una caricia, y el verdugo es el miedo, y el verdugo es la injusticia, y el verdugo es el tiempo.

Cae la noche y tiemblan unos cuerpos condenados a dormir en camas separadas que dirían, si les dieran voz, que se están buscando.

Allí, me he cansado ya de amarte como condición, esperando en silencio la llegada del barco que sólo clava su ancla en aguas ajenas, las mías demasiado agitadas, demasiado profundas, demasiado turbias. 
Sabe a sal ya todo el aire que respiro y no sé toser, ni sé si quiero. 
Deja que respire, en paz, sin recordar tu olor y sin buscar tu voz.

Inspiro. Espiro. Inspiro. Espero. Recuerdo 
que tú 
me querrías dócil, me querrías callada. 
y trato de imaginarme dócil, callada, 
para así imaginar que me quieres. 
Pero yo sólo sé moverme a contracorriente y mi lengua 
sólo sabe callar para saborear un instante, 
y si tú quieres ser ese instante 
regálale un beso.



II 

Recuerdo que era invierno a veces cuando me mirabas 
y yo pensaba que era el frío que nacía 
de tus parpados para dormir en los míos, pero era 
la muerte 
y muerto tú andas entre los muertos; un cadáver más 
en un campo de cuerpos que deambulan 
sin rumbo. Allí, tú 
el más bello, delicado y casi (casi) inocente. 

Y pensar que yo caería 
mil y una noches por la misma historia.
suicidio tras otro por probar 
tu sangre o lo que sea que corre por tus venas, 
por caricias como gotas, 
por cariño (o casi), 
casi besos. Decir que exigiría el diablo oro 
en la subasta de mi alma 
que permaneciera tuya, inseparable de su roca.

Esta roca que has convertido en 
piedra y que mañana sería polvo. 
Pero que nunca será. 
Como nunca seremos esa 
última vez más. 

Ni una sola vez más.

Sunday

Bandera blanca

Recuérdame que hemos muerto,
cuando sepa a tierra y a tosidos
y a gemidos de agonía. Suene esta
triste sinfonía,
que ayer entonaron los claveles
y que mañana quizás recitarán por nosotros.

Recuérdame que es justo que mi piel
se abra, grieta a abismo, y que nazca sangre
de donde debía asomar
leche, vida, amor.

Enséñale a mi pecho a no desear ni a ser deseado;
a recibir candente el puñal que le ofrezco envuelto en sábanas.
Es su sueño el que ahora mezco, el mío
espera la polilla con los ojos abiertos.

Yo soy ahora viva voz.

Recuérdame que es justo.
Que es una elección encaminar tu cuerpo hacia ideales
que son palabras, que serán infierno, que serán batalla.
Porque es fácil olvidarse de la chispa cuando ha ardido el incendio y tú, que sigues llama,
sólo deseas devorar más
y cambiar más.

Pero cuando llegue el día en que todo sea ceniza,
en que mi rojo destiña en gris,
gris polvo,
gris plata,

cuando nos encadene el alquitrán las manos.

Cuando llegue el día
en que haya de izar la bandera -negra-,
izar mi cuerpo -blanco-
y retirar el puñal:

Recuérdame.

Y recuérdame que hemos muerto, no una sino mil veces,
sólo para renacer de nuestras ruinas,
mil y un nacimientos,
como supernovas,
como la vida
que lucha su paso a través del asfalto, a través del frío,
brotando una primavera donde todo era cadáver.

Recuérdame
que hoy hemos muerto
para resucitar.