Pero la mía es rojo sangre.
Intensa.
Imbécil - no sé ni lo que digo.
"Haces que me sienta imbécil" dices. "¡Haz que me sienta imbécil!", te pido:
¿para qué querría saber nada?
La nada a veces nos sienta tan jodidamente bien.
Como cuando te vistes de nada y hay quien te dice, insultante, que vas desnudo, pero yo veo que estas son tus mejores galas.
Te quiero tal y como eres: cambiante. Y jamás osaría pedirte que permanecieras inmutable y perderme el placer de saborear el brillante espectáculo de tu evolución. Es por eso que sé que te quiero. Y te quiero cerca.
Me rodeas con tus brazos, no lo entienden.
Me convierto en astronauta en tierra infertil, oxidada, seca. Y puede que piensen que estoy loca, pero todo a mi alrededor está lleno de vida: tú.
Vida, deja que mi piel te toque y que aprendan tus susurros a tocarme. Escucha cómo florezco si me enciendes con tu calma.
Incendiado este campo, sólo puede crecer milagros.
Me haces creyente.
Y algunos se atreven aún a decir que el amor es ciego, pero yo te veo tan claro.
Y veo aún más claro que los ciegos son los demás.
"¿Y qué dices de la saciedad?"
Que me gustan los retos y pareces una buena causa. Así que te erijo excusa de un domingo por la mañana, un café a media tarde, un sueño cada noche, ¿por qué no? Luchar, como si valiera la pena, como si no mereciéramos menos.
Ya habrá tiempo para desamarnos, infelices, cobardes y coherentes. Pero no hoy, que aún saben a miel nuestras promesas. No, es demasiado pronto para desaprender a volar.