I
Rompes
mis esquemas
como haces con tus promesas,
antes de que nazcan.
Vistes
de tempus fugit
y de mil otros
clichés baratos
y yo
luzco desesperación
y tiempo
y una juventud
demasiado cruda
para ser inocente.
Así que huímos
juntos,
porque es pronto,
de realidades
cómodas
por locuras
de alquiler,
sin sábanas,
sin tiempo,
sin brújula.
Y te pregunto,
entre beso y caricia,
si son otras
las que sangran
siempre.
Y si son más reales
estas palabras
que me regalas
que las mentiras
que le has bordado.
Y me pregunto
hasta cuándo
me seguiré asfixiando
por un poco de aire,
¿hasta cuándo?
¿a qué esperas?
II
Recoge tus argumentos,
tiñen mis manos
como el alquitrán;
como todo lo que pesa
ya en mi bagaje
de una conciencia bañada en plomo.
Aléjate,
suplico,
este invierno me protege.
Son días de sed
por gloria en el silencio;
por un poco de amor
al atardecer,
cada día. Por amor
que puedo llamar mío.
Este invierno
me protege
de deudas
con cuerpos ajenos.
Así que aleja
esta triste simpatía-veneno,
este puñal que vistes
de juego,
estas promesas,
porque juro que son promesas...
Me enciendes un infierno
y yo soplo
la llama,
y amamanto el fuego...
Como tantas otras veces.
Olvido el
ocaso,
Borro la
paz,
y me cubro
de escamas verdes
para brillar
una última vez
antes
de despedir el mundo
otro otoño,
bajo el agua salada,
perdiendo días,
días de vida,
días de paz,
días de amor.
Mío.
Días que podía
llamar míos.
Rompes
mis esquemas
como haces con tus promesas,
antes de que nazcan.
Vistes
de tempus fugit
y de mil otros
clichés baratos
y yo
luzco desesperación
y tiempo
y una juventud
demasiado cruda
para ser inocente.
Así que huímos
juntos,
porque es pronto,
de realidades
cómodas
por locuras
de alquiler,
sin sábanas,
sin tiempo,
sin brújula.
Y te pregunto,
entre beso y caricia,
si son otras
las que sangran
siempre.
Y si son más reales
estas palabras
que me regalas
que las mentiras
que le has bordado.
Y me pregunto
hasta cuándo
me seguiré asfixiando
por un poco de aire,
¿hasta cuándo?
¿a qué esperas?
II
Recoge tus argumentos,
tiñen mis manos
como el alquitrán;
como todo lo que pesa
ya en mi bagaje
de una conciencia bañada en plomo.
Aléjate,
suplico,
este invierno me protege.
Son días de sed
por gloria en el silencio;
por un poco de amor
al atardecer,
cada día. Por amor
que puedo llamar mío.
Este invierno
me protege
de deudas
con cuerpos ajenos.
Así que aleja
esta triste simpatía-veneno,
este puñal que vistes
de juego,
estas promesas,
porque juro que son promesas...
Me enciendes un infierno
y yo soplo
la llama,
y amamanto el fuego...
Como tantas otras veces.
Olvido el
ocaso,
Borro la
paz,
y me cubro
de escamas verdes
para brillar
una última vez
antes
de despedir el mundo
otro otoño,
bajo el agua salada,
perdiendo días,
días de vida,
días de paz,
días de amor.
Mío.
Días que podía
llamar míos.