Piensas
que puedes escapar
al monstruo
que habita tu piel
y pinta
de gris los días
que querrías
explotar en mil colores.
Explotar en mil
pedazos de vida,
de cambio,
de juventud,
estallar en mí
en un orgasmo
de cambios,
de aventura.
Crees
que es suficiente
con besar
a la persona equivocada,
la eterna promesa
de locura y
de dulce indulgencia infantil
en la que me has convertido
en tu cabeza.
Allí,
visto un traje de plumas
y crees que te puedo
hacer volar;
me bañas en tinta
y crees que puedes
leerme
o que puedo escribir
un nudo a tu historia,
más allá
de la cuerda en la que has convertido
esa vida de sueño,
que los vacilantes envidiamos,
y los perdidos
llamáis rutina.
Y más allá
de tus tres nudos
perfectos,
que desearías
que desanudara,
con exceso,
indocilidad,
lujuria.
Allí,
en tus vísceras
habito,
a veces,
y te sientes
afortunado
de todo lo que sabemos,
que el mundo ignora,
y de cada sílaba
que has conseguido salvar
de tu preciosa
condena.
Pero basta
con que abra el mundo;
basta
con que cierre puertas,
y arranque
estas cortinas de terciopelo,
suave, pesado, inútil,
para que tiemble
el suelo que nos ha unido,
pero que pronto
brotará grietas
con todo lo que es real
y todo lo que soy real.
No puedo salvarte del monstruo;
no soy más que otro
-otro temible compromiso
con el futuro incierto.
Y esta rebeldía imbécil
es veneno
y droga
y condena,
y un peso
con el que sólo
puede cargar aquel
que decide avanzar
a ciegas,
en la soledad
de los cuerpos.
Aquella
que se decide insaciable,
como el horizonte
y desconoce
la medicina
que colma
sus vacíos
y quizás,
pero sólo quizás,
los tuyos.
que puedes escapar
al monstruo
que habita tu piel
y pinta
de gris los días
que querrías
explotar en mil colores.
Explotar en mil
pedazos de vida,
de cambio,
de juventud,
estallar en mí
en un orgasmo
de cambios,
de aventura.
Crees
que es suficiente
con besar
a la persona equivocada,
la eterna promesa
de locura y
de dulce indulgencia infantil
en la que me has convertido
en tu cabeza.
Allí,
visto un traje de plumas
y crees que te puedo
hacer volar;
me bañas en tinta
y crees que puedes
leerme
o que puedo escribir
un nudo a tu historia,
más allá
de la cuerda en la que has convertido
esa vida de sueño,
que los vacilantes envidiamos,
y los perdidos
llamáis rutina.
Y más allá
de tus tres nudos
perfectos,
que desearías
que desanudara,
con exceso,
indocilidad,
lujuria.
Allí,
en tus vísceras
habito,
a veces,
y te sientes
afortunado
de todo lo que sabemos,
que el mundo ignora,
y de cada sílaba
que has conseguido salvar
de tu preciosa
condena.
Pero basta
con que abra el mundo;
basta
con que cierre puertas,
y arranque
estas cortinas de terciopelo,
suave, pesado, inútil,
para que tiemble
el suelo que nos ha unido,
pero que pronto
brotará grietas
con todo lo que es real
y todo lo que soy real.
No puedo salvarte del monstruo;
no soy más que otro
-otro temible compromiso
con el futuro incierto.
Y esta rebeldía imbécil
es veneno
y droga
y condena,
y un peso
con el que sólo
puede cargar aquel
que decide avanzar
a ciegas,
en la soledad
de los cuerpos.
Aquella
que se decide insaciable,
como el horizonte
y desconoce
la medicina
que colma
sus vacíos
y quizás,
pero sólo quizás,
los tuyos.