El enemigo
era yo.
Era la espera.
Era la vergüenza,
de convertirme en tedio,
de saberte inmutable.
De rogarte
que me prestaras tu oído,
para que vieras mis entrañas
y tus manos
bañadas de sangre.
Era leer tu voz
y darle otro tono.
Pintarte alas
y llamarte ángel,
y cegarme
y llamarte luz,
ignorarme ciega,
ignorarme humana.
Poner a prueba la existencia
por querer descubrir
cuánta espera cabe en un cuerpo.
Cuánto vacío cabe
en la palabra afecto.
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