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teoría del caos II

 El enemigo

era yo. 

Era la espera.

Era la vergüenza, 

de convertirme en tedio, 

de saberte inmutable.

De rogarte

que me prestaras tu oído,

para que vieras mis entrañas

y tus manos

bañadas de sangre. 

Era leer tu voz

y darle otro tono.

Pintarte alas

y llamarte ángel,

y cegarme

y llamarte luz, 

ignorarme ciega,

ignorarme humana.

Poner a prueba la existencia

por querer descubrir

cuánta espera cabe en un cuerpo.

Cuánto vacío cabe

en la palabra afecto.

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